Campo de Marte: primero el cemento, después el verde

«Hay fotografías que muestran un lugar y otras que construyen una idea sobre ello».

En los últimos días, una imagen del Campo de Marte ha circulado en redes sociales acompañando el anuncio de un proyecto de renovación integral del emblemático parque de Jesús María. En ella se observa un espacio exuberante, amplias superficies verdes, árboles vigorosos, macizos florales y un paisaje cuidadosamente ordenado alrededor de su monumento central.

Es una imagen atractiva, representa, al menos visualmente, aquello que cualquier ciudadano esperaría de un proyecto destinado a «mejorar» un parque. Pero basta recorrer hoy el Campo de Marte para encontrarse con otra escena.

En distintos sectores pueden observarse áreas verdes removidas, superficies de suelo desnudo, excavaciones, raíces expuestas y cortadas, árboles que presentan signos de deterioro y sectores donde la infraestructura construida se aproxima de manera preocupante a las bases de los ejemplares existentes.

Vista aérea de sectores intervenidos del Campo de Marte y ejemplares arbóreos con copas secas y defoliadas, así como extensas áreas con pérdida de cobertura vegetal y presencia de suelo desnudo.

Y aquí aparece una pregunta mucho más importante que determinar quién tiene razón en una discusión política: ¿qué sucede con un parque cuando intentamos modernizarlo sin considerar que ya es, en sí mismo, un sistema vivo?

Esta pregunta es especialmente relevante en una ciudad como Lima, donde cada metro cuadrado de área verde tiene un valor ambiental considerable y donde los árboles adultos que hoy vemos en nuestros parques son el resultado de décadas de crecimiento.

El caso del Campo de Marte permite observar un problema que va mucho más allá de Jesús María. Es un problema de planificación urbana, de arboricultura, de gestión ambiental y, también, de gobernanza.

Porque un parque no es un terreno vacío. Y un árbol no es un elemento decorativo que pueda retirarse temporalmente para colocar una vereda y volver a plantarse después.

El proyecto: ¿qué se pretende hacer en el Campo de Marte?

El proyecto de mejoramiento del Campo de Marte plantea una intervención integral sobre uno de los espacios públicos más importantes de Lima. La propuesta contempla la renovación de diversos componentes del parque: veredas, accesibilidad, iluminación, mobiliario urbano, servicios higiénicos, espacios deportivos y recreativos, ciclovías, pistas de trote, juegos infantiles, sistemas de riego y otras intervenciones destinadas a modernizar el espacio público.

Desde una perspectiva estrictamente urbana, muchas de estas actuaciones pueden parecer “razonables”: los parques necesitan mantenimiento, las veredas se deterioran, los sistemas de riego deben renovarse y la iluminación puede necesitar mejoras.

La accesibilidad universal es una obligación que las ciudades deberían asumir con seriedad. Los espacios públicos también deben responder a las necesidades contemporáneas de quienes los utilizan. Por tanto, el debate no debería plantearse de una manera tan sencilla como: «remodelación sí» versus «remodelación no».

El verdadero problema comienza cuando una intervención concebida para mejorar un espacio público termina afectando los elementos vivos que precisamente hacen que ese espacio sea un parque. Y aquí aparece una distinción fundamental: mejorar la infraestructura de un parque no necesariamente significa mejorar su infraestructura verde.

Ambas cosas deben planificarse conjuntamente.

El Campo de Marte no es un terreno vacío

Existe una idea que suele perderse cuando se diseña infraestructura sobre espacios verdes consolidados. Antes de que llegaran las excavadoras, las veredas, las zanjas y el concreto, el Campo de Marte ya existía: había árboles, raíces, suelo, áreas verdes, sistemas de riego y relaciones entre esos elementos que se habían desarrollado durante años.

Incluso desde una perspectiva patrimonial, el Campo de Marte no constituye simplemente un lote urbano disponible para ser rediseñado. El espacio posee una condición de Ambiente Urbano Monumental reconocida por el Estado.

Esto no significa que cualquier intervención sobre él esté prohibida. Tampoco significa que toda remodelación sea incompatible con su condición patrimonial. Significa algo mucho más sencillo: la intervención debe partir de la realidad existente.

Un parque consolidado no puede tratarse como si fuera una superficie en blanco sobre la cual se dibuja un proyecto desde cero. La infraestructura nueva debe dialogar con la infraestructura que ya existe, y dentro de esa infraestructura preexistente están los árboles.

Un árbol también es infraestructura

Cuando pensamos en infraestructura urbana imaginamos puentes, pistas, veredas, tuberías, postes o edificios, rara vez pensamos en un árbol de la misma manera. Sin embargo, desde la perspectiva de una ciudad, un árbol adulto presta servicios que ninguna estructura de concreto puede reproducir inmediatamente.

Una copa desarrollada proporciona sombra, reduce la temperatura mediante evapotranspiración, interviene en el ciclo del agua, captura carbono, filtra partículas atmosféricas, contribuye al hábitat de diferentes organismos, modifica el paisaje urbano, genera confort psicológico, y, sobre todo, acumula todos esos beneficios durante años.

Por eso, cuando un árbol adulto desaparece, no desaparece simplemente «un árbol», desaparece una pieza de infraestructura ambiental que tardó años —y en algunos casos décadas— en desarrollarse. Podemos plantar un nuevo ejemplar mañana, lo que no podemos hacer es fabricar en unas semanas una copa que tardó treinta años en formarse.

El problema invisible: las raíces

Uno de los mayores errores al intervenir árboles durante una obra civil consiste en observar únicamente lo que está por encima del suelo: el tronco, las ramas y la copa se ven. Las raíces, en cambio, permanecen ocultas, y precisamente por eso son fáciles de olvidar.

Un árbol no termina donde termina su tronco. Su sistema radicular puede extenderse considerablemente alrededor del ejemplar y desempeña funciones fundamentales para su supervivencia, nutrición, absorción de agua y estabilidad mecánica.

Cuando una excavación atraviesa ese sistema radicular, la afectación no siempre es evidente inmediatamente. Un árbol puede permanecer aparentemente verde después de perder una parte importante de sus raíces. Puede incluso sobrevivir durante un tiempo. Pero eso no significa que la intervención haya sido inocua.

Dependiendo de la magnitud, ubicación y características de las raíces afectadas, una excavación puede comprometer: la absorción de agua y nutrientes, la capacidad de recuperación fisiológica, la estabilidad mecánica del árbol, la resistencia frente a periodos de estrés hídrico, la capacidad de generar nuevas raíces y, en determinadas circunstancias, la supervivencia del ejemplar.

Por eso una raíz cortada no debería considerarse simplemente «parte del proceso constructivo», es una lesión, y como cualquier lesión, debe ser evaluada en función de su magnitud, ubicación y consecuencias.

Cuando la vereda se encuentra con las raíces

El conflicto entre árboles y veredas no es nuevo. Los árboles levantan pavimentos, las raíces pueden generar deformaciones, las veredas pueden fracturarse, las personas pueden tropezar y las municipalidades deben mantener la infraestructura. Todo eso es cierto, pero existe una diferencia enorme entre solucionar un conflicto entre árbol e infraestructura y solucionar el conflicto eliminando la parte que resulta más incómoda.

La pregunta correcta debería ser: ¿cómo podemos diseñar o adaptar la infraestructura para coexistir con el árbol?

No necesariamente: ¿cómo podemos cortar las raíces para que la infraestructura quepa?

En determinados casos será técnicamente necesario intervenir raíces, en otros, será posible modificar el trazado. A veces, elevar o adaptar el pavimento y otras utilizar soluciones constructivas más flexibles.

Compactación de suelo para pavimentación en árboles del Campo de Marte.

La arboricultura urbana moderna precisamente busca encontrar ese equilibrio. Porque el objetivo no es proteger todos los árboles a cualquier costo, sino tomar decisiones técnicamente justificadas sobre cada árbol y cada intervención.

Cuando el cemento llega hasta el cuello del árbol

Otro fenómeno particularmente preocupante en cualquier obra urbana es la aproximación excesiva del pavimento al fuste. El cuello del árbol —la zona de transición entre raíces y tronco— no debería ser tratado como un espacio residual que puede rellenarse o cubrirse simplemente porque queda disponible.

El árbol necesita espacio, suelo, intercambio de gases, infiltración y condiciones que permitan el desarrollo de sus raíces. Cuando el pavimento llega prácticamente hasta el fuste, se reduce el espacio disponible para que el árbol continúe creciendo y se genera un conflicto que puede agravarse con el tiempo.

Y aquí aparece otra paradoja: una vereda recién construida puede verse impecable el día de su inauguración. El problema puede aparecer cinco, diez o quince años después. El árbol seguirá creciendo, pero el pavimento no. Si el diseño no consideró esa realidad desde el principio, el conflicto simplemente habrá sido trasladado al futuro.

El suelo también es parte del árbol

Hay otro impacto que suele pasar desapercibido: la compactación. Durante una obra ingresan maquinaria, camiones, materiales y trabajadores. El tránsito se concentra, el suelo recibe cargas para las cuales no estaba diseñado, y cuando el suelo se compacta, cambia su estructura física, disminuye la porosidad, se reduce el espacio disponible para aire y agua, puede disminuir la infiltración y las raíces encuentran mayores dificultades para desarrollarse.

Por eso la protección de un árbol durante una obra no consiste únicamente en colocar una valla alrededor del tronco, también implica proteger el suelo que sostiene su sistema radicular.

Un árbol puede permanecer intacto visualmente y, sin embargo, estar sufriendo una afectación importante debajo de la superficie.

Primero el cemento, verde después

Aquí aparece una de las contradicciones más frecuentes de nuestras ciudades: primero diseñamos la infraestructura, después construimos, excavamos, descubrimos raíces. Luego aparecen los conflictos, cortamos y el árbol comienza a deteriorarse.

Y finalmente, cuando el problema ya es visible, buscamos una solución para «recuperar las áreas verdes». Es una secuencia que deberíamos cuestionar. En arboricultura urbana, el orden debería ser diferente: inventariar → diagnosticar → diseñar → proteger → construir → monitorear.

Mas no: diseñar → construir → encontrar árboles en el camino → intervenirlos.

La diferencia parece pequeña, pero en realidad, puede determinar si un árbol sobrevive durante las próximas décadas o comienza un proceso irreversible de declinación.

El inventario no es un trámite: es el punto de partida

Antes de intervenir un parque consolidado debería existir un conocimiento razonablemente preciso de lo que existe.

  • ¿Dónde están los árboles?
  • ¿Qué especies hay?
  • ¿Qué dimensiones tienen?
  • ¿Cuál es su condición?
  • ¿Qué árboles presentan defectos estructurales?
  • ¿Cuáles tienen problemas fitosanitarios?
  • ¿Cuáles son jóvenes?
  • ¿Cuáles son maduros?
  • ¿Qué ejemplares tienen especial valor?
  • ¿Dónde se concentra el sistema arbóreo?
  • ¿Qué árboles podrían entrar en conflicto con la nueva infraestructura?

Estas preguntas no son accesorias, son información básica para diseñar. Porque no se puede proteger aquello que no se ha identificado, y mucho menos evaluar posteriormente cuánto se perdió si nunca se estableció adecuadamente cuánto había antes.

Por eso una de las preguntas que el caso del Campo de Marte debería dejar abierta es: ¿cuál era la línea base del arbolado antes de que comenzaran las obras y con qué metodología fue construida?

Si existe, debería poder ser contrastada con el estado actual, si no, la evaluación posterior de los impactos se vuelve mucho más difícil.

¿Cuándo un árbol afectado se convierte en un árbol perdido?

Esta pregunta también merece atención. Un árbol no pasa necesariamente de «sano» a «muerto» de un día para otro. Puede existir una secuencia: daño → estrés → pérdida de vigor → reducción de copa → declinación → mortalidad.

Por eso es peligroso evaluar el impacto de una obra únicamente observando cuántos árboles están muertos el día de la inspección. Un ejemplar que todavía tiene hojas puede haber sufrido una afectación radicular considerable, y un árbol aparentemente saludable hoy podría manifestar consecuencias meses después.

La arboricultura requiere, por tanto, seguimiento. No basta con fotografiar el árbol una vez, hay que observar su evolución.

Plantar nuevos árboles no borra automáticamente la pérdida de los existentes

Uno de los argumentos que suele aparecer en proyectos de renovación de áreas verdes es la reposición: se talan o retiran determinados ejemplares y se plantan otros. La cifra final parece compensarse, pero existe una diferencia fundamental entre cantidad de árboles y función arbórea.

Diez plantones no equivalen necesariamente a diez árboles adultos. Un árbol recién plantado tiene una copa pequeña y, su capacidad de sombra es reducida, su biomasa es reducida, su capacidad de evapotranspiración es reducida y su contribución al paisaje también es diferente.

Dicho árbol necesitará años para desarrollar la estructura que tenía el ejemplar adulto que reemplaza. Por eso, cuando hablamos de compensación, no deberíamos preguntarnos solamente: ¿cuántos árboles se plantaron?

También deberíamos preguntar: ¿qué función ambiental se perdió y cuánto tiempo tomará recuperar una función equivalente?

Ese cambio de perspectiva es fundamental para hablar seriamente de infraestructura verde.

Dos Campos de Marte

Y aquí regresamos a aquella imagen que circuló en redes. Por un lado tenemos una representación del Campo de Marte renovado: verde, ordenado, exuberante y aparentemente recuperado.

Por otro, tenemos las fotografías tomadas durante la ejecución de las obras: raíces expuestas, raíces cortadas, áreas verdes removidas, suelo desnudo, árboles afectados e infraestructura aproximándose a ejemplares existentes. No necesariamente son dos realidades incompatibles, ya que una imagen puede representar el resultado esperado.

Las fotografías de campo muestran una etapa del proceso, pero precisamente por eso debemos hacer una pregunta: ¿qué ocurre entre una representación ideal del resultado final y la realidad de la ejecución?

Porque una buena obra no debería ser evaluada únicamente por cómo luce después de inaugurada, sino también debe evaluarse por cómo llegó hasta allí.

Una obra puede tener buenas intenciones y generar malos impactos

Esta distinción es importante. No es necesario asumir que todos los componentes del proyecto son malos. Tampoco es necesario afirmar que quienes ejecutan la obra desean perjudicar los árboles.

Un proyecto puede tener objetivos legítimos: mejorar la accesibilidad, renovar infraestructura, incrementar seguridad, modernizar servicios, mejorar el riego, recuperar determinados espacios, y, al mismo tiempo, su ejecución puede producir impactos que deben ser prevenidos, mitigados o corregidos.

Ambas cosas pueden ser ciertas. Precisamente por eso la evaluación ambiental existe, no para impedir automáticamente las obras, sino para anticipar sus impactos y establecer cómo deben gestionarse.

El problema de confundir modernización con mejora

Existe una palabra que aparece con frecuencia en el discurso de las obras públicas: “modernización”. Pero modernizar no significa necesariamente construir más, tampoco significa reemplazar todo lo existente. Una ciudad moderna no es aquella que tiene más concreto, sino aquella que sabe integrar infraestructura, naturaleza, movilidad, patrimonio, accesibilidad y calidad de vida.

En ocasiones, modernizar significa precisamente adaptar el diseño para conservar aquello que ya funciona: un árbol adulto, una sombra consolidada, un suelo permeable y un área verde madura funcionan.

La pregunta debería ser qué elementos necesitan ser reemplazados y cuáles deberían ser conservados.

Cuando el ciudadano debe aceptar la «modernización»

Y aquí el debate abandona por un momento la arboricultura para entrar en un terreno mucho más amplio: la gobernanza urbana.

Cuando una autoridad anuncia una obra pública, suele existir una narrativa muy poderosa: «modernización», «progreso», «recuperación», «puesta en valor», «mejoramiento». Son palabras positivas, pero ¿quién podría estar en contra del progreso? ¿quién podría oponerse a mejorar un parque? ¿quién podría estar contra una ciudad más segura, accesible y moderna?

El problema aparece cuando esas palabras se utilizan como si cerraran automáticamente la discusión. Porque una obra pública no deja de ser discutible simplemente porque se presente como una mejora.

Los ciudadanos tienen derecho a preguntar: ¿por qué esta obra? ¿por qué este diseño? ¿por qué este trazado? ¿por qué esta magnitud de intervención? ¿qué alternativas fueron evaluadas? ¿qué árboles existían antes? ¿cuáles serán afectados? ¿qué impactos tendrá? ¿qué medidas de protección se implementarán? ¿quién supervisará que esas medidas se cumplan?

Preguntar no significa oponerse al desarrollo, significa participar en la construcción de la ciudad.

Participación ciudadana no significa veto

Este punto también merece precisión. La participación ciudadana no significa que cualquier grupo pueda impedir unilateralmente una obra pública, pero tampoco debería reducirse a escuchar a los ciudadanos cuando todas las decisiones importantes ya fueron tomadas.

Una gobernanza urbana saludable requiere algo intermedio: información, transparencia, participación y rendición de cuentas. El ciudadano no tiene necesariamente la competencia técnica para determinar cómo debe construirse una vereda, pero sí tiene derecho a preguntar por qué se decidió construirla de determinada manera.

El arborista puede explicar qué sucede cuando se corta una raíz estructural, el ingeniero civil puede explicar las restricciones constructivas y el urbanista puede explicar las necesidades del proyecto. La autoridad debe explicar las decisiones y la ciudadanía debe poder evaluar esas explicaciones.

Ese intercambio es gobernanza, no es oposición.

Las preguntas que el Campo de Marte debería dejarnos

Más allá de posiciones políticas, el caso plantea preguntas que deberían poder responderse con documentos y evidencia.

  • ¿Cuál era el estado del arbolado antes de comenzar las obras?
  • ¿Cuántos árboles existían y cuál era su condición?
  • ¿Qué ejemplares fueron considerados durante el diseño?
  • ¿Qué medidas específicas de protección fueron previstas?
  • ¿Cómo se protegieron las zonas radiculares durante las excavaciones?
  • ¿Qué criterios se utilizaron para intervenir las áreas donde existían árboles?
  • ¿Cómo se monitoreó el estado fisiológico de los ejemplares durante la ejecución?
  • ¿Cuántos árboles fueron afectados y cuál es el nivel de afectación?
  • ¿Cuántas áreas verdes fueron temporal o permanentemente intervenidas?
  • ¿Cómo se determinará que la recuperación posterior es realmente equivalente a la condición previa?

Estas preguntas no pertenecen a un partido político, tampoco pertenecen a un colectivo vecinal y desde luego no a una municipalidad. Pertenecen a cualquier ciudadano que quiera entender cómo se transforma su ciudad.

No se trata de estar en contra de la obra

Quizá esta sea la idea más importante de todo el artículo. El debate sobre Campo de Marte no debería reducirse a una disputa entre quienes quieren «modernizar» y quienes quieren «conservar». Esa dicotomía es demasiado sencilla para una ciudad compleja.

Podemos querer mejores veredas y árboles adultos, iluminación y áreas verdes, accesibilidad y suelo permeable, seguridad y patrimonio e infraestructura y naturaleza. La verdadera pregunta es: ¿somos capaces de diseñar una ciudad donde esas cosas puedan coexistir?

Porque si cada vez que una obra encuentra un árbol la solución consiste en eliminarlo, cortar sus raíces o reducir el espacio disponible para su desarrollo, entonces no estamos resolviendo el conflicto, simplemente estamos trasladando el costo ambiental hacia el futuro.

El árbol no es el obstáculo

Quizá haya que cambiar finalmente la manera en que pensamos el problema. Cuando una nueva vereda encuentra las raíces de un árbol, solemos decir: «El árbol está levantando la vereda.»

Pero también podríamos decir: «La vereda fue diseñada ignorando el árbol.»

Las dos frases describen el mismo conflicto, pero solamente una de ellas nos obliga a pensar en la planificación.

El árbol no apareció ayer, ya estaba, creció, desarrolló sus raíces, formó su copa y prestó servicios ambientales allí. La infraestructura nueva es la que llegó después y eso debería cambiar nuestra manera de diseñar.

Un parque no se moderniza reemplazando su naturaleza

El Campo de Marte puede mejorar, tener mejores servicios, ser más accesible, contar con infraestructura más segura, disponer de un sistema de riego más eficiente y recuperar áreas degradadas. Pero una verdadera renovación urbana debería ser capaz de hacer todo eso sin considerar al arbolado existente como un elemento secundario.

El “verde” no es el acabado final de una obra gris, no es la decoración que se coloca cuando termina la construcción, ni la capa que se añade al final para que el proyecto se vea más bonito. El verde también es infraestructura, y cuando hablamos de parques consolidados, es una infraestructura que ya estaba allí mucho antes de que llegaran los planos, las excavadoras y el concreto.

Epílogo

Tal vez dentro de algunos años volvamos a mirar fotografías del Campo de Marte y encontremos nuevamente un parque verde, árboles frondosos, jardines cuidados y personas disfrutando del espacio, ojalá sea así.

Pero cuando llegue ese momento, también deberíamos preguntarnos qué ocurrió para llegar hasta allí. Porque una fotografía del resultado final no cuenta toda la historia: no muestra las raíces que fueron cortadas, el suelo que fue compactado, los árboles que no lograron sobrevivir, los años que necesitarán los nuevos ejemplares para desarrollar una copa equivalente, las decisiones tomadas durante el diseño, las alternativas que pudieron existir y tampoco las preguntas que hicieron los ciudadanos.

Por eso, más allá de cualquier posición política, el caso del Campo de Marte nos deja una lección que debería ser mucho más amplia: una ciudad verdaderamente moderna no es aquella que consigue poner más concreto sobre el territorio, es aquella que aprende a construir sin destruir aquello que ya funciona.

Y quizá esa sea la verdadera prueba de una obra pública: no solamente cuánto nuevo fue capaz de construir, sino cuánto de lo valioso que ya existía fue capaz de conservar.

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